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Un Presidente que no cree en el cine

AMLO no puede descalificar públicamente al cine solo por una película, sino hacer un ejercicio de discernimiento, con referencias de lo que entonces sí ha sido capaz de promover diálogos, o de sensibilizar a la sociedad.

El Presidente AMLO dista no sólo de ser cinéfilo sino de ser consciente del valor social que tiene el cine mexicano. 

“Los Hermanos Alva” – Cortesía UANL

Si algo necesita el Presidente de México, AMLO, es ver cine. Cada año, el ex presidente de Estados Unidos de América, Barack Obama, hace un listado con las mejores películas de cada año (lo cual las convierte en automático en recomendaciones). Incluso ha participado como narrador de docuseries medioambientales en Netflix y sido productor de documentales galardonados como American Factory, en el que se muestran las tensiones entre dos de las dos economías más fuertes del mundo, la china y la estadounidense. 

El cine es un medio de comunicación y una expresión artística muy potente de vinculación y reflexión social que desde su invención reciente, ha hecho a la humanidad acercarse a otras realidades y vencer las fronteras geográficas. Aunque es cierto que también ha sido “utilizado” para promover o legitimar dictaduras, en forma de propaganda política, como el caso del cine producido por Adolf Hitler a cargo de Leni Riefenstahl, también ha fungido como medio para representar y visibilizar aquello ajeno o extraño para la gran mayoría. 

La ya de por si considerada incipiente industria de cine en México, ha sido muy golpeada por la actual administración obradorista, no dicho por quien escribe este texto, sino por cineastas como Guillermo del Toro vía Twitter y cito: La sistematica destruccion del Cine Mexicano y sus instituciones – lo que llevo décadas construir- ha sido brutal.  Sobrevivimos el sexenio de Lopez Portllo pero esto no tiene precedentes”.

Las interpretaciones que podríamos hacer de la política cultural (cinematográfica) de la llamada Cuarta T, pueden variar dependiendo de si la producción cultural actual, proveniente del oficialismo, es capaz de ser crítica e independiente de un sistema actual que “presume” ser austero, o si va a tono con la legitimación o adulación presidencial. 

Pero un mensaje que es claro es el de no confiar en el cine como arte contestatario. En nuestro país, el cine ha podido dar testimonio, por primera vez, de acontecimientos históricos bélicos, como la “Revolución Mexicana” con Salvador Toscano y los Hermanos Alva. También ha intentado vencer la censura con películas controvertidas com La sombra del Caudillo y por qué no, con El Crimen del Padre Amaro. Pero AMLO parece desconocer que el cine crea y reinventa significados y signifcantes culturales. Si bien no es necesario que sea un erudito del séptimo arte no puede negar el poder que tiene en la construcción y reconstrucción de imaginarios.

En un país con una gran desigualad social, con falta de acceso a la educación de calidad, el lenguaje cinematográfico, sea en las salas públicas o privadas (o personales), adquiere una dimensión política al comunicar en imágenes ficcionalizadas o documentalizadas, alguna parte de la realidad que nos afecta y nos mueve como ciudadanos. La televisión, hija del cine, desde hace tiempo se ha convertido también en generadora de conciencia y de opinión. Hoy esto ocurre con las “benditas” redes sociales pero también con las “fake news” y los “otros datos”. 

Las recientes declaraciones del Presidente AMLO, en el marco de su descontento con la última (y odiosa) película de Luis Estrada (hijo), en las que afirma no ser (palabras más palabras menos) aficionado del cine, preocupan porque el cine ha defendido la libertad de expresión, en un país violento, opaco y corrupto. El cine ha sido y es un contrapreso. Contradictorio a veces pero nunca exento de un compromiso político e independiente por contar parte de la verdad de una sociedad o de un país, que puede y debe transformarse. Es decir, el cine nos entrega una mirada amplia y colectiva del acontecer político. 

El cine mexicano independiente ha demostrado lo anterior, y no puede ser definido solamente por directores como Luis Estrada que, aunque ha hecho críticas mordaces a los gobiernos de finales de los noventas a la actualidad, dejó de ser un cineasta contestatario, quedándose en una fórmula de usar actrices y actores mediáticos en sus roles protagónicos en beneplácito de la taquilla. 

El Gobierno actual debería seguir apoyando las creación de expresiones artísticas comprometidas que se hacen en el cine, le convengan o no. A largo plazo se verá si el cine impulsó la crítica a o alentó el fanatismo y la conveniencia. Si el cine no puede hablar o no tiene los medios para hacerlo, no podrá constituir un pluralismo real donde quepamos todas y todos. 

Romantizar y hacer un cine idílico es improbable, porque como la historia, el cine es un proceso y ha jugado un papel vital en la alfabetización visual para construir nuevas formas con las cuales navegar los cambios en medio de tiempos inciertos y cambiantes. 

El Presidente no puede descalificar públicamente al cine solo por una película, sino hacer un ejercicio de discernimiento, con referencias de lo que entonces sí ha sido capaz de promover diálogos, de sensibilizar a la sociedad o de incluso incentivar, como Obama, la producción de historias que promuevan a la conciencia crítica e histórica. 

Afirmarse categóricamente desde su púlpito como no cinéfilo, es como decirse no lector de lo que sucede en el país porque el cine, insisto, ha sido testigo y acompañante de la historia y de sus movimientos políticos y sociales desde su invención a finales del siglo 18. 

El cine nos hace “ver” posibilidades de vida más justas e igualitarias, desde la ficción o el documental. No reconocerlo es taparse los ojos. El Presidente debe querer verse a través del cine pero el cine le puede mostrar otras caras con las que quizá no concuerde. Nuestro cine, el mexicano, hace mucho que ha dejado de querer idealizar y por eso no está cabiendo en esta administración en la que ha resultado fatídicamente debilitado. 

AMLO no debe expresar solo ser o no aficionado del cine, sino aceptar el impacto que tiene para crear, producir, reflejar y empatizar con realidades muchas veces invisibles. Si AMLO viera más cine (en salas o en plataformas), otro Presidente, con más conciencia sería…

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