Historias, intimidad y vínculos en el cine de Bruno Santamaría

Por: Patricia Ríos

Bruno Santamaría reflexiona de manera soñadora respecto a sus inicios en el arte de contar historias, el proceso creativo cinematográfico, la concepción de una idea, la relación con sus personajes y la colaboración en equipo

Bruno Santamaría

El ser humano se identifica en su relación con otrxs, por ello, naturalmente busca vínculos e historias. La herramienta preferida de Bruno Santamaría para acercarse a las personas es la cámara, con ella siente el valor de revelar vidas y secretos, cotidianidades y estructuras -sea homofobia, machismo, violencias (visibles o profundas), miedo, libertad, aceptación, cariño, amistad, dignidad. 

La sensibilidad de director hace parecer que a todo le inyecta cariño, desde su habla hasta su cine. En su trabajo como documentalista siempre hay una carga emotiva, ya sea lo que se piensa dos veces por amor, o la dificultad para expresar emociones, el cineasta captura la vida diaria de una manera íntima, permitiéndose la libertad de perderse en el momento y enamorarse de sus historias.

A pesar de hablar repetitivamente del miedo en esta y otras entrevistas, su ópera prima Margarita, así como su más reciente trabajo Cosas que no hacemos, cuentan con una excepcional valentía por generar vínculos. En su proceso creativo se abre dándose a conocer completo, por ello su cine resulta tan personal: por un lado, esa vulnerabilidad logra crear la confianza para que la gente lo invite a sus vidas, por otro, él vive su propio proceso a raíz de filmar otras experiencias.

En esta entrevista con la socióloga y cineasta Patricia Ríos, Bruno Santamaría, director de la Residencia Audiovisual de Otoño 2020 “Cine del mañana”, de CUÓRUM Morelia, reflexiona de manera y soñadora respecto a sus inicios en el arte de contar historias, el proceso creativo cinematográfico, la concepción de una idea, la relación con sus personajes y la colaboración en equipo, dentro del cual destacan sus colegas Andrea Rabasa, Sandra Luz, Abril López, Tania Claudia Castillo, Daniela Rea y Paula Hopf, quienes comprenderán su grupo de trabajo para la Residencia.

Fotograma de Cosas que no hacemos

I. Escuchar y contar historias

“Me encanta escuchar, creo que es algo que tiene que ver con mi familia”, comienza relatando Bruno Santamaría. El repertorio de historias que su mamá y papá les contaban a él y a su hermano, iba desde los libros infantiles que su papá ilustraba, hasta las vidas de sus tíxs y abuelxs. Este hábito de escuchar se volvió costumbre y eventualmente carrera, metodología e inspiración: “Es lo que me encanta de Margarita. Cuando la conocí hubo una fascinación por escuchar las mil y una historias que tenía, particulares, caminantes, elocuentes”, menciona el director acerca de la protagonista de su ópera prima.

Pero su camino como cineastas no comenzó en su infancia: “Cuando era muy chico quería o tener una tiendita o ser pintor” menciona con una suave risa. De joven, consideró estudiar artes plásticas, por influencia de su papá, o ciencias como su hermano, pero finalmente optó por estudiar comunicación y más tarde, fotografía de cine en el Centro de Capacitación Cinematográfica: “La cámara es una herramienta muy apegada a mí y de alguna manera me da fuerza, seguridad, confianza para poderme vincular con otras personas, con una cámara creo que escucho mucho mejor.”

El vínculo con la cámara no fue lo único que obtuvo del CCC, también fue ahí donde conoció a las mujeres que han integrado sus equipos de trabajo. Bruno se define como una persona femenina desde niño, gracias a que a partir de los 11 años vivió solo con su mamá por mucho tiempo “Creo que eso hizo que tenga una forma de escuchar y mirar en la que las mujeres tienen un peso muy importante, no es casualidad que mis equipos son de mujeres.”

Me encanta escuchar, creo que es algo que tiene que ver con mi familia

II. Colegas

Para Bruno contar historias es un trabajo colaborativo (transversalmente y de principio a fin), ya que no sólo tiene un oído atento a su equipo como director, sino que también ha fungido como fotógrafo de las películas de sus colegas. Ejemplos de esto son La casa de los lúpulos y Velvet, dirigidos por Paula Hopf, a quien describe como una directora con una “capacidad potente para construir atmósferas, emociones, sensaciones, a través del lenguaje cinematográfico, conectado de forma muy potente a su corazón, estómago, vientre”; y Artemio de Sandra Luz: “Viajábamos con la jarana, que era un instrumento no sólo musical sino para generar empatía”, menciona al recordar la energía festiva y pasión de la documentalista y antropóloga oaxaqueña por las raíces culinarias, culturales y artísticas de la región de Costa Chica.

Fue precisamente una colaboración de esta naturaleza la que permitió al cineasta realizar su segundo documental, Cosas que no hacemos, el cual nació de un viaje que realizó con la sonidista, Zita Erffa, cuando aún ni siquiera él sabía lo que buscaba: “[Zita] me había dicho que yo le había dado una llave para su película, y luego me dijo ‘quiero darte una llave a ti porque sé que la necesitas, y no sé qué sea pero quiero ayudarte. Vámonos de viaje’”, y fue así como llegaron a El Roblito, Nayarit. A pesar de la falta de claridad inicial sobre la línea de la historia, ésta fue revelándose poco a poco para Bruno, aunque según él, tanto Erffa como Andrea Rabasa, editora del proyecto, vislumbraban el vínculo entre sus duelos personales y los de Ñoño (Dayanara Cisneros), quien resultaría protagonista del documental. La misma lucidez recibió de la editora de Margarita, Paloma López: “Ese material que quizá no tenía una cronología, secuencia lógica o narrativa clara, con la ayuda de alguien muy talentosa que estaba mirando pequeñas piezas para contar algo, empezó a tomar forma.”

Para el proceso de investigación de Cosas que no hacemos, la voz de la escritora, periodista y madre de dos niñas, Daniela Rea, fue crucial: “En una entrevista sugirió que nos asesoráramos con psicólogos y psicólogas sobre cómo trabajar temas de infancia y violencia para entrar a esos huecos, oscuridades, espacios (dolorosos tal vez), y saber cómo salir de ellos”, menciona Bruno, quien enfatiza su admiración por el profesionalismo energético, serio y sensible de Rea. La misma admiración siente por Abril López, productora de sus dos largometrajes, con quien recuerda juntarse para imaginar textos y compartir sentimientos viscerales, dibujos, fotografías y crónicas para explorar construcciones posibles de historias; así como por Tania Claudia Castillo -ganadora de la Camelina de Plata 2018-, a quien Bruno recuerda como una de las primeras compañeras de generación que conoció, sorprendiéndose por las inquietudes tan maduras que tenía la joven cineasta, las cuales siguen presentes en su trabajo: “Le preocupaba hablar sobre la libertad, cuestiones de opresión heteropatriarcales, el aborto, [en su cine] hay una posición muy fuerte de mujeres que, ya sean historias de amor o desamor, con familia o parejas, salen adelante de manera independiente.”

[Zita] me dijo “quiero darte una llave a ti porque sé que la necesitas, y no sé qué sea pero quiero ayudarte. Vámonos de viaje”

Zita Erffa durante la filmación de Cosas que no hacemos

III. Distancia e intimidad

Margarita y Cosas que no hacemos son películas muy personales, esto se percibe particularmente en los vínculos que construye con sus personajes: cómo lo miran, reciben e involucran en sus vidas. “Algo importante es no olvidar que las personas que están al frente existen, que no sólo se retratan sino que intervienen, proponen, alteran la realidad”, menciona Bruno. Así que, en conjunto con la consciencia acerca del lenguaje y construcción cinematográfica, para el director existe una constante cuestión sobre su posición frente a la realidad que filma y las relaciones de poder que existen: “Tener una cámara es un privilegio y hay que hacerse responsable.”

En sus documentales, es normal que Bruno salga a cuadro o se filtre su voz, llegando incluso a entablar conversaciones con sus personajes: “La forma en la que filmamos tiene que ver con interactuar, con estar presente. Si alguien pregunta algo y yo les digo ‘no, no, no, haz como si no estoy aquí’, ahí se rompe algo.” De esta manera, una de sus preocupaciones como director es estar expuesto en la película, no sólo como alguien que filma, sino en función a quién filma, de esto proviene la importancia de los lazos, aunque el director admite que las discusiones respecto a la distancia con lxs personajes es un proceso de más preguntas que respuestas: “Responde a cómo has construido la vida y cómo la sigues construyendo.”

En el caso de su ópera prima, Bruno conoce a su protagonista desde que tenía 7 años: “[Margarita] me fascinó por mucho tiempo. Hizo transformar mi modo de ver las cosas sobre personas que viven en la calle, sobre la locura, sobre empujar”. Tras compartir secretos, silencios, dibujos, anécdotas y enojos (ya cuando Bruno tenía 26 años), Margarita entra a su casa, donde finalmente él saca la cámara y ella le empieza a contar sus peripecias como actriz: “Sentí que ese era el momento y la distancia que necesitaba para que la película ocurriera”, menciona el director, quien no escatimó en mostrar la incomodidad o inconformidad de los límites de esa intimidad.

Conocer a Ñoño, protagonista de su más reciente trabajo, fue un caso diferente: “Fue muy azaroso llegar a ese espacio; yo tenía unas ganas de compartir, hablar, reflexionar, vivir cosas que no hacemos”, explica el director, refiriéndose a una preocupación de varios años respecto a represiones, particularmente acerca de la identidad sexual, lo cual lo incentivó a salir de casa para aventurarse a aquel viaje con Erffa: “De pronto fue muy claro ver que yo deseaba estar cerca de personas que ya habían hecho un proceso de liberación sexual en sus familias y vidas.” 

Fue muy azaroso llegar a ese espacio; yo tenía unas ganas de compartir, hablar, reflexionar, vivir cosas que no hacemos

Fotograma de Cosas que no hacemos

IV. Perderse en el presente

Para Bruno Santamaría, un documental puede tener varias motivaciones. Pero el germen de toda historia nace de lo que enoja, lo que emociona, lo que le mueve al estómago; más tarde se puede aterrizar en temáticas, personas, espacios o universos por los que navegará la película; posteriormente, llega el encariñamiento con la historia y las ganas de compartirla.

Para este proceso, el director recalca la importancia de vivir el presente de manera activa, ya que el pasado, las fechas, los datos, son algo que cualquiera puede contar, sin embargo, lo que ocurre en el momento es algo vivo y poderosamente subjetivo, por lo tanto no basta con simplemente poner atención, sino que se requiere entregarse: “El perderse es importantísimo, hace que uno, una, pueda recibir de manera muchísimo más abierta lo que la realidad te está dando, incluso si es distinto a lo que tú pensabas.”

Perderse implica tomar la cámara y comenzar a filmar, captar lo inesperado teniendo como brújula lo que preocupa, se siente u obsesiona: “Del material que tenemos de Cosas que no hacemos, hay otras tres historias muy poderosas que seguimos de niños y niñas, pero la más llena de emoción, vitalidad, contradicciones, ternura, es la de Ñoño, y eso no fue premeditado, tiene que ver con lo que a mí me estaba preocupando en mi vida en ese momento”, explica el director.

Por otra parte, perderse implica vulnerabilidad, abrirse a unx mismx y dejarse permear por la realidad e incluso arriesgarse a ser transformadx: “A mi parecer las personas que están muy seguras de lo que van a hacer tienen muchos caparazones, y es más difícil que se comuniquen con lo que tienen enfrente. Si de alguna manera uno, una, muestra las grietas, por ahí van a entrar las personas, y va a aparecer una película muchísimo más nutrida”, menciona Bruno, haciendo eco a la fuerte relación que construye con sus personajes y que inevitablemente se refleja en su involucramiento en sus películas. “Esas grietas, evidentemente, después se tienen que coser”, concluye.

Las personas que están muy seguras de lo que van a hacer tienen muchos caparazones (…) Si de alguna manera uno, una, muestra las grietas, por ahí van a entrar las personas

Bruno Santamaría jóvenes de El Roblito

V.  Convivir en comunidad

Una faceta de la importancia que Bruno le deposita a los vínculos, es el involucrarse en la realidad de sus personajes. Esto está particularmente presente en Cosas que no hacemos, para la cual filma a una comunidad -a diferencia de Margarita que se centra en dos personajes-. Había meses que pasaba únicamente conviviendo, platicando y jugando con las personas de El Roblito, lo cual rompió la suspicacia que podría resultar tanto de filmar como de ser filmadx por lo desconocido: “Proyectamos películas, dimos clases de video, hacíamos actividades en todo el pueblo, y nos conocían como gente vinculada al cine, ya los niños y niñas cuando me veían me gritaban ‘¡Bruno! ¿Hoy va a haber película?’”, dice con dulzura al recordar el buscar palomitas para acompañar las actividades que realizaba con Erffa cada dos noches. 

A pesar de esta convivencia, quizás el elemento más personal que influyó el curso de la película fue una carta. Al inicio, cuando la intención era aún desconocida para el director, la pista más contundente era hablar sobre las madres. Fue entonces que Erffa le propone al director escribirle una carta a su mamá (aunque no se la entregara), resultando un texto donde comparte su identidad sexual.

Eventualmente esta herramienta fue el pilar no sólo del rodaje, sino también de la convivencia con la comunidad, en especial con las mamás. Bruno les leía la carta, la discutían y a cambio ellas le compartían historias, intimidad, consejos. En una ocasión platicando con la mamá de Ñoño, ella le cuestionó por qué no le decía a su familia el contenido de la carta. Su reacción fue precisamente el argumento que da vida al título: “Le contesté que no me atrevía, que me daba miedo, vergüenza de haberme callado tanto tiempo”, y lo que me dijo ella fue ‘Es que a tu mamá le va a doler más que le guardes el secreto’”. Al momento de la conversación, Ñoño estaba en otro cuarto escuchando.

Poco tiempo después, Ñoño le confiesa a Bruno que le quiere decir un secreto a su familia, el cual accede a que sea filmado: “Le dije que si a la mera hora no quería hacerlo de igual forma funcionaba para la película, porque lo que se trataba de describir era lo difícil que es contar un secreto, y él me contestó ‘si no me atrevo ahora, no me atreveré después.’” El director recuerda la tensión que Erffa y él sentían, tanto por la unicidad de la confesión, como por atender  los aspectos técnicos y narrativos: la luz, el sonido, las miradas, la secuencia: “Empecé a grabar y me quedé helado (…) Al terminar les dije que muchísimas gracias, que los dejaba solos porque era algo muy íntimo, y me dijo el papá ‘no, tú te quedas, estamos platicando y tú estás en esto’, entonces seguí ahí grabando.” Fue así que no sólo su experiencia subjetiva afectó a su protagonista, sino que ésta, a su vez, influyó en él para contar Cosas que no hacemos, dentro y fuera de la película.

Lo que se trataba de describir era lo difícil que es contar un secreto

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Imágenes: Cortesía de Bruno Santamaría

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