#ÁrbolRojo La sororidad entre “La Mami” y sus hijas

La Mami, documental de Laura Herrero Garvín, se lleva a cabo entre los espejos y el guardarropas del Barba Azul, donde se revelan las relaciones entre las trabajadoras y su sociedad, exponiendo dos tipos de encuentros entre mujeres: desde la cercanía y desde la lejanía.

Por Patricia Ríos

Fotograma de La Mami

Acompañar el bailongo y una copita en el Barba Azul, bar de cumbias, luces rojas y figuras de sirenas ancladas a la pared. Este es el trabajo que desempeñan decenas de mujeres que vienen y van, o que permanecen, como doña Olga, mejor conocida como la Mami. Ella ha hecho de todo: mesera, chica de salón, y actualmente se encarga del baño de mujeres. Llegó ahí por primera vez cuando de joven, abrumada por no poder pagar el tratamiento médico de su hijo, una transeúnte se acercó a ella. Tras preguntarle atinadamente si necesitaba dinero, la llevó a conocer su trabajo en la colonia Obrera.

Este aprieto es uno muy conocido para las mujeres mexicanas, de hecho, es el caso más recurrente de las chicas que conocemos en el documental de Laura Herrero Garvín, La Mami, el cual sucede en su mayoría entre los espejos y el guardarropas donde su protagonista conversa, consuela o pone orden entre las damas de compañía que se arreglan antes de bajar a la pista de baile.

Algunas de ellas son madres solteras, otras viudas o viven con el padre de sus hijxs en el reclusorio, lo cual las convierte no sólo en jefas de familia, sino también en la única fuente de ingresos del hogar. En un país donde las mujeres son acorraladas al trabajo precario, donde la mitad de la población vive en pobreza, donde la salud es un privilegio, para muchas de ellas la única opción es aceptar esta clase de empleos dependientes de propinas, convertidos en estigmas, velados por tabúes, que las dejan en vulnerabilidad ante los peligros de lo informal, del machismo y de la noche.

“No puedo adaptarme. Me cuesta trabajo, pero necesito trabajar. Y yo veo a las chicas igual”

Priscila
Fotograma de La Mami

“No puedo adaptarme. Me cuesta trabajo, pero necesito trabajar. Y yo veo a las chicas igual” le dice Priscila a la Mami. Ella viene de Tijuana porque su hijo está siendo tratado por cáncer en el Hospital General en la Ciudad de México. A través de este personaje conocemos lo que es iniciarse en estas dinámicas: las violencias y maltratos de los clientes, los pagarés, el consumo de 9 copas o de hasta una botella de alcohol la noche (5 ó 6 días a la semana), regresar a sus casas borrachas por la madrugada, hacerse cargo de sus hijxs después y, por supuesto, mantener todo en secreto.

Al inicio, el documental parece concentrarse en el sexismo que caracteriza las relaciones de poder de género presentes tanto en la vida laboral como en el baile. El cuerpo semidesnudo de la mujer decorando el bar, los obligados rituales de maquillaje, las quejas de las trabajadoras respecto a los clientes y comentarios llenos de desencanto, resignación y enojo: “Lo que hace una por los hombres, para que nos vean atractivas”, o “Aquí los hombres sirven para dos cosas, para nada y para dar dinero. Nada más. Obvio”, esto último expresado por la Mami ante la impotencia de sus compañeras por vivir violencia de género y no poder hacer nada al respecto más que desahogarse con esta figura maternal.

Sin embargo, después se desata otra dimensión de la interseccionalidad del problema, que compete a la asimetría económica en las relaciones entre mujeres: el clasismo. Chicas de piel clara, burguesas, extranjeras que pasan por el baño desatendiendo las indicaciones de la Mami, cayendo en el mismo “luego te pago” cuando reciben el papel higiénico, irrumpiendo en el espacio de encuentro de las trabajadoras, definiéndolas, discutiéndolas, con la lejanía y la licencia de una colonizadora.

[En el documental] se desata otra dimensión de la interseccionalidad del problema, que compete a la asimetría económica en las relaciones entre mujeres: el clasismo

Fotograma de La Mami

“¿Cómo le hacen para ser putas?”, pregunta una de estas jóvenes. En otra escena mujeres hablan sobre vencer prejuicios y visiones erróneas alrededor del “trauma de las ficheras”, sin tan siquiera voltear a ver que Priscila y la Mami conversan, existen, frente al espejo. Esta selectividad de la realidad percibida revela no pocos conflictos. Primero, da a entender una “sororidad” que se limita a expresar lo hermosas que las mujeres se ven como punto final a la opresión, como si el empoderamiento recayera en el autoestima o el autocuidado; segundo, llama la atención la ligereza con la que mujeres privilegiadas (que voluntariamente van maquilladas al bar a bailar y beber) hablan de las mujeres para las cuales eso no es cuestión de diversión, sino de sobrevivencia económica.

Más que nada, preocupa cómo mujeres traen consigo la reproducción misógina de la estigmatización de este tipo de trabajos, si bien caen en el progresismo de que una vez vencida la opinión del marido sobre las ficheras, reconocen que el lugar es, de hecho, bastante agradable. Esta perspectiva resuena a Medusa seduciendo a Poseidón, y no a Poseidón violando a Medusa, pero de cualquier manera ¡qué lindo que es el templo de Atenea! Finalmente, la realidad se fundamenta en narrativas: en lo que se cuenta y lo que se calla.

Es precisamente por esto que la sororidad entre la Mami y sus hijas, como varias veces llama a sus compañeras, resulta no sólo entrañable en el documental sino necesaria para la vida de estas mujeres: les brinda consejos para cortar la borrachera, es mediadora en conflictos, las defiende cuando son atacadas, les da ánimos cuando se sienten exhaustas, se pone de su lado cuando los clientes se pasan de listos, es público de chismes y oído de historias, sobre todo acerca de lo que hacen por sus familias. 

La sororidad entre la Mami y sus hijas, como varias veces llama a sus compañeras, resulta no sólo entrañable en el documental sino necesaria para la vida de estas mujeres (…) implica la sabiduría de la escucha y la cotidianidad de la convivencia

Fotograma de La Mami

El trato que les brinda, a pesar de los malos días y malentendidos, no es sólo respetuoso, sino que también es empático, dos valores que a veces se dicen sin miras a la profundidad que implican en las relaciones humanas. Es una sororidad que por una parte implica la sabiduría de la escucha y la cotidianidad de la convivencia y, por otra, da la seguridad de que entre tantas formas de violencia (económica, de género, epistémica), en algún momento de respiro las damas de compañía del bar pueden subir al baño y ahí estará la Mami.

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Imágenes: Cacerola Films, D’A FF, Sector Cine

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