Todos somos “Los Chicos de la Banda”

Por: Gustavo Barrientos

En Estados Unidos durante la década de los sesentas, y años anteriores, el ejercicio de la homosexualidad se realizaba de manera clandestina, muchos de los lugares de encuentros gay no eran visibles a la luz del día. Muchas de las acciones físicas se mantenían impersonales: hombres acudían a baños públicos, saunas, para tener contacto sexual con otros hombres, todo a escondidas, en silencio. El movimiento gay, entonces limitado y cauteloso, todavía sufría los prejuicios de la época. Es en este contexto que se estrenó la obra de teatro escrita por Mart Crowley, Los chicos de la banda.

Mart Crowley nació el 21 de Agosto de 1935 en Vicksburg, Mississippi, en una familia altamente homofóbica, religiosa y de “buenas costumbres”. Desde muy temprana edad, sabía perfectamente que su refugio era escribir, sin embargo, no se sentía seguro sobre qué, ya que otros artistas como Tenessee Williams o Eugene O’Neill ya habían adaptado sus experiencias de vida en el sur de Estados Unidos.

Muchos de sus proyectos creativos fracasaron, las grandes productoras cinematográficas no lo querían contratar y perdió a su agente, lo cual lo llevó a una brutal depresión con indicios de alcoholismo severo, sin embargo, encontró su motivación y cura en idear una historia que expresara todo lo que él como homosexual podría señalar. En una ocasión, un amigo muy cercano lo llevó a una fiesta de cumpleaños, donde se dio cuenta que el evento podría ser detonante de diversas problemáticas de personajes. Fue así que el dramaturgo se sentó a escribir y en cinco semanas desarrolló The Boys in the Band (Robey, 2010).

En Estados Unidos durante la década de los sesentas el ejercicio de la homosexualidad se realizaba de manera clandestina

El argumento es simple y a la vez complejo. 1968, Manhattan, se celebra el cumpleaños de Harold. Sus más íntimos amigos, los chicos de la banda, le preparan una gran fiesta en el apartamento de Michael. La fiesta es perfecta, toda ella rodeada de abundante alcohol y bailes, hasta que hace su entrada Alan, antiguo compañero de la universidad de Michael, quien, a pesar de autoproclamarse heterosexual, se rumora que ha tenido experiencias con otros hombres. Para provocar que Alan reconozca su homosexualidad, Michael organiza en la fiesta un juego aparentemente inofensivo: cada uno de ellos, deberá llamar por teléfono a aquella persona de la cual estuvieron enamorados y si aún sienten algo, confesarle sus verdaderos sentimientos. Con lo que no contaban es que dicho juego pondrá a prueba la amistad y unión del grupo, así como golpeará a varios de los partícipes, especialmente al anfitrión y creador del juego.

La noche del estreno, el 14 de abril de 1968, fue todo un éxito, el telón se subió hasta 17 veces por los aplausos de una fervorosa platea, llena previsiblemente de homosexuales que se animaban ante la apertura que suponía el estreno de una obra de tal naturaleza; así al segundo día de función, había colas que llenaban manzanas enteras. Más tarde, cuando se dieron las protestas de Stonewall, el 28 de junio de 1969, el elenco y Mart Crowley decidieron apoyar al movimiento, por lo que comenzaron a dar funciones gratuitas a un público gay joven, lo que hizo que la obra terminara de afianzar su imagen como ícono y estandarte para la libertad homosexual internacional, no sólo la estadounidense. 

El hecho de que Los Chicos de la Banda coincidiera con las protestas, sirvió también para que la gente acudiera al teatro con la misma emoción con la que luchaba por visibilidad y reivindicación. Muchos activistas defendieron la idea de que la obra debía ser objeto de orgullo, sin embargo, otras personas la rechazaron por denostar un odio internalizado por ser homosexual.

El montaje mexicano enfrentó dificultades de censura por Delfín Sánchez Juárez, por atentar contra la moral y las buenas costumbres

En 1971, Los Chicos de la Banda llegaron a la pantalla grande bajo la dirección de un tal William Friedkin, quien después dirigiría El exorcista (1973). Con el mismo elenco que la obra de teatro, la película inmortalizó la honesta y visceral historia de Crowley. Poco después, en 1974 se estrenaría una versión mexicana de esta obra adaptada por la poeta, dramaturga, directora y activista LGBTQ*, Nancy Cárdenas, convirtiéndose también en una obra de teatro polémica que les daba voz a grupos invisibilizados. El año previo al estreno, Cárdenas había sido invitada al noticiero de televisión abierta 24 Horas, en el cual se declaró lesbiana. Desafiante durante una década de tabúes y estigmas sexuales, Cárdenas se dio lugar como profesional y artista, reivindicando la dignidad no sólo la comunidad homosexual en general, sino también de la mujer lesbiana.

El escritor Carlos Monsiváis apoyó a la dramaturga en el proceso de montaje el cual se vió puesto en dificultades de censura a cargo del entonces delegado de Benito Juárez, Delfín Sánchez Juárez, bajo el argumento de “atentar contra la moral y las buenas costumbres”. El apoyo de toda la comunidad artística a Nancy Cárdenas y su batalla por la libertad en las propuestas teatrales, hizo que la obra reafirmara el Movimiento de Liberación Homosexual. 

Hace tres años la obra volvió a ser montada con éxito en Broadway gracias a actores que hoy representan a la comunidad gay en televisión y el cine: Jim Parsons, Zachary Quinto, Matt Bomer, Andrew Rannells, entre otros. Esta nueva versión contó con la producción del creador Ryan Murphy y llegará a las pantallas de Netflix el 30 de septiembre a partir de una adaptación cinematográfica hecha a partir del nuevo montaje. Lamentablemente, Mart Crowley no pudo ver esta nueva versión terminada porque falleció el 9 de marzo de este año, sin embargo, su legado sigue presente y vibrante.

Los chicos de la banda marca un antes y después, no sólo para el teatro y el cine, sino para las personas que se ven reflejadas en estos personajes

En su contexto, esta historia daba voz a un grupo social que necesitaba ser representada en los escenarios teatrales y las salas de cine. El texto directo y duro de Crowley, evoca el modo de vivir de un grupo que, aunque siempre ha existido, vivía de forma clandestina, atacada y cuestionada. Michael R. Shiavi menciona en su artículo Teaching the Boys: Mart Crowley in the Millennial Classroom que los jóvenes de ahora encuentran la obra anticuada debido a que es una generación desapegada de sus orígenes y pasado, mostrando una apatía por las luchas sociales y no comprendiendo que la homosexualidad tuvo momentos de dolor, tragedia y falta de apertura, sin embargo, Los chicos de la banda es una historia que no debe tomarse a la ligera, sino seguirse representando como un homenaje a todas las personas que se atrevieron a reconocer su existencia, a defender su vida en contra de los demás (Schiavi 75 – 90).

A pesar de las victorias logradas desde el estreno de esta obra, Los chicos de la banda marca un antes y después, no sólo para el teatro y el cine, sino para las personas que se ven reflejadas en estos personajes, todos quienes lucharon y luchamos por la visibilidad LGBTQ* y vivimos enfrentados en conflictos personales, estamos de pie en los diversos escenarios de la vida, siendo también los chicos de la banda.

Imágenes: IMDb, Salvador Núñez, New York Times

Referencias:

-Crowley, M. (2004). The men from the boys. New York: Samuel French.

-Crowley, M. (1996). The boys in the band. New York: S. French.

-Robey, C. (2010). Making the boys [DVD]. Estados Unidos: Crayton Robey, HBO.

-Schiavi, Michael R. “Teaching the “Boys”: Mart Crowley in the Millennial Classroom.” Modern Language Studies 31.2 (2001): 75-90. Print.

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