Elisa antes del fin del mundo y la crisis atemporal

Crítica de Amira Ortiz Azuara

Dir. Juan Antonio de la Riva  Prod. Roberto Gómez Bolaños México, 1997

La noción de inocencia se asocia, casi de manera inherente, a la niñez. La primera etapa del desarrollo humano se asocia a la pureza, a la ausencia de malicia y a la bondad. Pero los niños, antes que un conjunto de ideales, son personas. Personas pequeñas, en tamaño. Y aún así, el mundo “real” parece estar integrado sólo por personas grandes, en tamaño. Desde las alturas, como esa secuencia inicial que muestra la vastedad de la Ciudad de México, todo parece microscópico, insignificante. En Elisa antes del fin mundo (1997) su protagonista, una niña de 10 años, llegará hasta las últimas consecuencias en su intento por mostrarse como igual de esos adultos que no pueden ver más allá de sí mismos.

En la cinta de Juan Antonio de la Riva, Sherlyn encarnó a una niñez que desafiaba los convencionalismos de su carrera en televisión. Elisa antes del fin del mundo se inserta en el melodrama, el género que la actriz ha trabajado desde su debút en la telenovela Agujetas de color de rosa (1994-1995), y parte de su encanto corresponde a los guiños que la trama y sus formas hacen a la pantalla chica. Bajo tal entendimiento resulta más valioso el crédito de Roberto Gómez Bolaños “Chespirito” como productor.

En la película, en principio, Elisa es espectadora, y no de las activas. Contempla apática los intercambios hostiles entre sus padres, un matrimonio fracturado. Él (Dino García), recién despedido y ahogado en deudas; ella (Susana Zabaleta), una ama de casa harta de la situación. La niña es casi un fantasma en el departamento y aunque aún da algunas muestras por revivir la interacción con mamá y papá, es claro que ha entendido su papel en la familia. No se trata de que Elisa sea un ejemplo de modales y comportamiento, es más bien un acuerdo implícito en los silencios: no te molestaré si tú no me molestas.

El guion de Paula Markovitch le otorga matices a su protagonista. El carácter directo de la niña toma otra dimensión fuera del “hogar”. Elisa pasa sus tardes con Miguel (Imanol), su despistado vecino de 8 años. En la azotea del edificio, ella se permite expresar sus preocupaciones, prejuicios y sugerencias. Miguel escucha atento, siempre fascinado, incluso cuando sus opiniones no coinciden. Un simple intercambio entre ambos nos hace testigos de la complejidad de carácter de Elisa, un mundo que sus padres no alcanzan a dimensionar.

La figura infantil tiene larga historia en el cine nacional y es con estos protagonistas que se han capturado algunos de los retratos más memorables de la violencia y la crisis mexicana. Desde Los Olvidados (1950), pasando por Perfume de Violetas (2001) y las recientes Vuelven (2017) y Cómprame un revólver (2018), se observa la variedad de perspectivas y géneros en los que el cine mexicano ha plasmado a cuadro el campo de batalla que es este país. Aunque el examen de Elisa responde a las inquietudes de una clase media con aspiraciones de movilidad social, las consecuencias en la niñez no dejan de ser menos devastadoras.

En la cinta, los adultos hablan de crisis y tensiones, los niños repiten el discurso. Los datos no sirven, la medición de sus efectos está aquí, en lo tangible. En la colecta y cuidado de las cucarachas, porque papá lanzó la idea de que, sin dinero, llegará el momento en que estos insectos serán lo único que podrán comer. En el representante del banco que anda en busca del padre deudor, en la venta de la televisión y también de una pistola. Irónico, piensa el papá de Elisa, que compró el artefacto para protegerse de un robo y ahora el dinero de su venta es para que el banco no le quite lo que es suyo.

El padre no es el único que ve amenazado su espacio. La rutina de Elisa y Miguel cambia con la aparición de Paco (Rubén Rojo Aura), un preadolescente que avanza con aires de grandeza. Paco es altanero, dice groserías y se mete a los lugares a los que no debe. La tensión entre él y Elisa tomará otro rumbo cuando este le confíe la pistola de su hermano mayor, un hombre apodado “El rey”.

El mundo de Elisa es enorme y lo que pinta complejo para sus padres, para ella resulta sencillo, casi práctico de resolver. Así surge la idea. Con la pistola planea asaltar el banco que tanto amenaza a su familia. Pero el mundo de los adultos es pequeño, tan pequeño como para cruzar en su camino a la tragedia, una tragedia que para la mirada infantil es estruendosa y terrible. Miguel perderá la inocencia, Paco y Elisa pagarán por su ingenuidad.

En la intimidad de la noche, el marido anuncia a la esposa que el fin del mundo está cerca. Su hija tendrá sus propias reflexiones sobre el tiempo y el presente. ¿Es acaso que los padres ya no son como los de antes? Los hijos tampoco. ¿Es la tecnología, las noticias, la televisión? ¿Son los teléfonos, las computadoras? La cinta se sitúa en el verano, un tiempo casi atemporal. Esa misma es la naturaleza de las turbulencias en este país. Si la crisis es permanente, ¿sigue siendo crisis? ¿Qué nueva definición requerimos para explicar nuestra historia y realidad si el fin del mundo siempre ha estado aquí?

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