El Derecho a hacer cine. Una Entrevista con Majo Staffolani, directora de “Román”

Majo Staffolani (Misiones, Argentina, 1990) es una directora que en los últimos años ha cobrado especial atención por impulsar un cine colaborativo en el que destaca un interés genuino por abordar las disidencias sexogenéricas. En su filmografía destacan dos largometrajes de ficción con estas temáticas; Colmena (2016), estrenado en el MIC Género y Román (2018), que formó parte de CUÓRUM Morelia en el III Programa de Diversidad Sexual.

En una entrevista realizada por nuestro colaborador Pablo Vaca, a propósito del estreno de Román en la Cineteca Nacional el pasado mes de marzo, previo al #8M y antes la contingencia sanitaria por la COVID-19, la también guionista y productora, platicó de sus inicios en los medios de comunicación en su país y del camino que ha seguido en el cine independiente desde donde ha podido generar debates necesarios para la empatía desde un cine que construye desde la pasión, la perseverancia y la solidaridad para empujar a que más personas vean en el cine una herramienta al alcance para la transformación social. “El cine lo tenemos que hacer todos y todas. Todos tenemos el derecho de contar una película. Tenemos que pensar que podemos hacerlo”.

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Cuéntanos de tus inicios, tengo entendido que empezaste en la música.

Sí, yo tenía una banda de punk rock que se llamaba MUSH – Mostrando Otras Situaciones Humanas. Todavía no había encontrado la herramienta del cine, entonces me manifestaba desde la música. Entonces era menos cordial y más desobediente. En el cine pude encontrar una manera más sutil de decir lo que pienso. Nuestro primer disco se lo dedicamos a una iglesia evangélica que torturaba gays y que hacía renunciar a la gente a la homosexualidad. Había una consciencia social y un compromiso civil con lo que a nosotros nos parecía injusto.

¿Cómo fue que diste el paso al cine?

Pasé por muchos áreas de las Ciencias de la Comunicación. Soy de Misiones, Argentina, de un pueblo que hasta el día de hoy todavía no tiene un cine. Tiene un teatro, pero no está habilitado. A los ocho años agarré una cámara Panasonic súper pesada de mi tío y jugaba a que era conductora de un programa de televisión. Hacía entrevistas en las plazas a la gente y preguntaba: “¿Qué opinas de los jóvenes de hoy día?” o “¿qué opinas de lo gays?” o “¿qué opinas del Papa? ¡Tenía ocho años! La inquietud siempre estuvo y yo siempre fui yo en diferentes formatos.

El verdadero esfuerzo está en el cómo lo hicimos. Un equipo de 95% técnicas mujeres, todas cabezas de equipo. “Román” la filmamos en cinco días.

¿Por qué hacer una exploración de la sexualidad en el cine?

Sé que soy gay desde los 5 años. Siempre fui muy libre con respecto a mi sexualidad. He sido una lesbiana libre que encontró la herramienta del cine para seguir siendo una lesbiana libre. Nunca tuve prejuicios conmigo misma, ni vergüenza. Conté con la fortuna de que a mí me apoyaron siempre. El cine me encontró a mí. Para mí los seres humanos son indivisibles. Lo personal es político. Y si yo soy una lesbiana sin ningún tipo de tapujos en decir lo soy y en vivir mi homosexualidad libre y felizmente, mis películas tampoco iban a tener que replantear el porqué.

Me había parecido muy valiente que una mujer de cincuenta años mire a los ojos a la hija, y después al hijo, y después a la hija más pequeña, y nos diga: “Estoy enamorada y me voy a ir vivir con ella.” Hay que ser muy valiente habiendo tenido una vida heterosexual.

¿Calificarías tu cine como activista?

Más que mi cine en sí, creo que es la forma de hacer cine. Eso es activismo, eso es resistencia, eso es revolucionario. Hemos filmado siempre en las peores condiciones y hemos logrado insertarnos en la industria. Fue muy bien aceptado lo relacionado a la temática LGBTQ+. No lo sentí tanto una lucha por suerte, porque si tuviéramos que estar luchando por hacer películas LGBTQ+, estaríamos en el medievo. El verdadero esfuerzo está en el cómo lo hicimos. Un equipo de 95% técnicas mujeres, todas cabezas de equipo. Román se filmó en cinco días. Era muy importante contar esta historia sin “moralinas” baratas. Nuestro cine tiene eso, hay algo en Román que no entra en una disyuntiva. Simplemente se deja atravesar por lo que va sintiendo que es y lo vive a fondo.

¿Cómo te llegó la inspiración para hacer esta película?

Mi mamá había tenido una vida heterosexual muy rígida. Cuando yo le dije que era lesbiana ella me dijo: “¿Ser lesbiana no es comer fideo con fideo? La pasta hay comerla con salsa.” Nunca fue agresiva, ni grosera, pero decía eso. Años más tarde vino conmigo y me confesó: “Hija, no sé que me pasó, pero estoy profundamente enamorada de una mujer.” Cuando me lo contaba no lo podía creer. Me fui corriendo a mi casa a escribir Román. La escribí en ocho horas. Me había parecido muy valiente que una mujer de cincuenta años mire a los ojos a la hija, y después al hijo, y después a la hija más pequeña, y nos diga: “Estoy enamorada y me voy a ir vivir con ella.” Hay que ser muy valiente habiendo tenido una vida heterosexual. Me encantan esas historias.

La gente ahora ya confía y ya se sube al barco porque sabe que nuestras películas no se quedan guardadas en un cajón. Entonces todo el crecimiento técnico y el crecimiento artístico se deben a una sola cosa: a la perseverancia.

¿Cómo fue que encontraste al protagonista?

Conocí a Carlo Argento porque yo era su fan. Me pasa eso con la mayoría de los actores con los que trabajo. Lo iba a ver al teatro desde que tenía 15 años y me acuerdo que dije: “Yo algún día tengo que trabajar con él.” No solo lo veía actuando, sino que fui a muchas de las obras que él dirigió. Su mirada como director me parecía increíble.

¿Cómo es trabajar con los actores en tampoco tiempo?

Antes que guionista, antes que productora, antes que directora de puesta en escena, soy directora de actores. Cuando sé que voy a correr un riesgo de filmar una película en cinco o cuatro días, es en donde pongo casi toda mi atención y mayor énfasis. Me junté con todos los actores e hicimos una lectura de Román y desmenuzamos cada estado de ánimo. Cuando llegamos al set hacíamos una o dos tomas y nos salía. Él y yo estábamos hablando el mismo idioma. Para mí el primer paso es confiar en que la película tiene que funcionar a como dé lugar. 

No me imagino yendo a filmar a un set y esperar ocho horas para filmar una escena. No puedo. Hay algo en la solidaridad, en cómo va la gente, en cómo se compromete, en cómo la película es de todos y de todas.

Tus películas se hacen con recursos extremadamente limitados. ¿Cómo has logrado crear un lenguaje cinematográfico propio?

Eso es gracias a la perseverancia. Seguimos trabajando con la misma gente con la que trabajamos al principio. En la primer película fueron 70 personas delante y detrás de cámaras. Mi primera película, Colmena (2016), fue la más precaria. Construí la historia en base a las locaciones que me habían prestado. En ese entonces trabajaba en publicidad y había conocido a un director de fotografía muy talentoso que se llama Sebastian Soril y que hice que trabajara conmigo. Teníamos once locaciones y veintitrés decorados, todo en cinco días. Para Román (2018), ya estaba la historia escrita y busqué los recursos en base al guión que tenía. Y para la última, filmamos con ARRI. Pero no es que tenemos más plata ahora, es que tenemos más experiencia y sabemos cómo hacerlo mejor. La gente confía distinto. Hubo una lucha de 10 años para hacer este cine. La gente ahora ya confía y ya se sube al barco porque sabe que nuestras películas no se quedan guardadas en un cajón. Entonces todo el crecimiento técnico y el crecimiento artístico se deben a dos cosas: la perseverancia y la solidaridad. Pasa por ahí, para mí no hay otro secreto. Pasa por salir a la cancha y filmar.

¿Cómo fue el estreno de Román en la Cineteca Nacional y en Argentina, por ejemplo?

La primera semana de estreno en Cineteca a pesar de haber sido difícil porque coincidieron el Festival Vive Latino, la Marcha del 8M y la creciente pandemia, la película logró colocarse en el segundo puesto de las películas más vistas en la Cineteca. En Argentina estuvo en el Festival BAFICI, en el Festival Asterisco, que tiene una perspectiva de género impresionante que nos educa. No hemos logrado tener más ventanas de exhibición. La industria del cine en Argentina se ha debilitado en los últimos años y con ello hemos perdido la posibilidad de tener festivales y de poder estrenar comercialmente. Se estrenan únicamente las películas que tienen subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina (INCAA) porque el dinero vuelve ahí. Pero ¿qué pasa con los que hacemos cine independiente? Como el dinero no vuelve al Instituto porque no pedimos subsidio, no somos de su interés para estrenar. El cine argentino vive una situación de emergencia. Y el cine independiente goza de muy buena salud, cada vez salen mejores películas, pero no tenemos ventanas de visibilización. A mí me encanta la escuela del cine independiente. No me imagino yendo a filmar a un set y esperar ocho horas para filmar una escena. En el cine independiente hay solidaridad y se ve en cómo va la gente, cómo se compromete y en cómo la película es de todos y de todas. Lo damos todo.

Lo personal es político. Y si yo soy una lesbiana, y no tengo ningún tipo de tapujos en decir que lo soy y en vivir mi homosexualidad libre y felizmente, mis películas tampoco se van a replantear el porqué.

¿Qué le dirías a las personas que quieren hacer cine?

Cuando fui al CUÓRUM Morelia, di un taller de producción integral de cine independiente. Mis alumnos y mis alumnas me siguen mandando hasta el día de hoy lo que van filmando. Para mí eso es revolucionario. Existen otras herramientas y otros medios. El cine lo tenemos que hacer todos y todas. Todos tenemos el derecho de contar una película. Tenemos que pensar que podemos hacerlo. Yo pasé por un montón de facultades de cine donde lo que me dijeron es que no iba a poder hacer cine porque no tenía una casa para hipotecar. Tuve que elegir entre pensar que no iba a poder o agarrar una cámara y salir a filmar.

¿Qué opinas de los festivales enfocados en películas LGBTQ+?

Estoy harta que existan las secciones LGBTQ+. No puede ser que existan estas categorías. Estaba muy bien en una primera instancia cuando necesitábamos ser incluidos e incluidas y no teníamos ese espacio, pero ya está. Que no existan más las secciones LGBTQ+ porque somos parte de un todo, porque entramos dentro del espectro de la humanidad. Cataloguemos las películas por si nos gustan o no. Por eso me honró tanto que el estreno comercial fuera en la Cineteca Nacional porque la programación nunca reparó en que era una película LGBTQ+. Román es una película y punto. Y eso no divide. El no estar dividiendo es estar uniendo. Merecemos el mismo trato. Para mí el cine es un espacio para la reflexión. Ahí es donde podemos crecer, desde el debate, es lo que nos transforma. Los espacios de debate no tienen que morir nunca. Es lo más necesario para construir una sociedad menos hostil. Es ahí donde nace la empatía.

Por último cuéntanos de tu paso por México durante la Marcha del #8M.

Era consciente del número grave de feminicidios en México, pero la marcha me sorprendió para bien. Sentí algo que no había sentido nunca en mi vida, en ninguna otra marcha. Fue fuertísimo. No nos puede seguir molestando más que dañen un monumento y una pared y una pu*a pintada que los feminicidios, que el abuso sexual constante y el miedo con el que vivimos desde que nacemos y hasta que morimos. No nos dan libertad ni para morir. No nos dan libertad ni para poneros la ropa que queremos. No nos dan libertad para caminar en la calle. No nos dan total libertad para ser gays. No nos dan libertad para ser lesbianas. Basta. Tengo mucha esperanza por lo que vendrá para las mujeres en México. Si bien los números son aterradores y el presente es siniestro, hay una sociedad que despertó. Y no son tres, no son cuatro y no es el número que dijo el gobierno que era. Éramos muchísimas más. Creo en el despertar de esa gente y creo que no hay vuelta atrás. Se va a caer porque lo vamos a tirar, con amor tanto mujeres y hombres.

Fotos: José Gudiño

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