“Esto no es un picnic”, Black Panthers de Agnès Varda

Por Patricia Ríos

Visitar Black Panthers de Agnès Varda en 2020 es un impacto. Por un lado, a 52 años de su realización, indignan los paralelismos que demuestran inequívocamente que el sistema racista opresivo aún no se demuele, por otro, se siente la continuidad de un brío rabioso que fractura ardientemente el sistema grieta por grieta. 

En una retrospectiva de su trabajo en el Lincoln Center durante 2015, Varda explica que al acercarse a las Panteras Negras decidió “estar al servicio del sujeto (…) y ser lo más discreta posible”, para que ellos y ellas contaran su propia historia. Es así que la directora francesa compone un documental de música y formaciones militares, marcado por testimonios dentro de los cuales resalta una entrevista en prisión a Huey P. Newton, líder revolucionario de las Panteras, y precisamente por ello injustamente encarcelado.

“Esto no es un picnic” inicia Varda mientras su cámara de 16mm presenta aglomeraciones en espacios públicos de Oakland, California, demandando la liberación de Newton.

Las Panteras Negras nacieron en 1966 como una organización de autodefensa que reclamaba justicia para las comunidades negras de Estados Unidos y el mundo.

Es 1968. Muchas mujeres han arrebatado el derecho a la autodeterminación, estudiantes de diversos rincones del mundo exigen un cambio del sistema político, económico y policial, y las comunidades negras en Estados Unidos, a pesar de tener igualdad constitucional, luchan contra el racismo institucional. “Esto no es un picnic” inicia Varda mientras su cámara de 16mm presenta aglomeraciones en espacios públicos de Oakland, California, demandando la liberación de Newton.

Las Panteras Negras nacieron en 1966 como una alianza política y organización de autodefensa que reclamaba justicia para las comunidades negras de Estados Unidos y el mundo: “Seleccionaron a las panteras como emblema” expone la directora “porque son animales negros y magníficos que no atacan, pero que se defienden ferozmente”. Puede ser que el estandarte del movimiento que capta el documental haya sido Newton, como ahora lo son George Floyd, Breonna Taylor, Ahmaud Arbery y muchas otras trágicas víctimas, pero las exigencias no van solamente hacia los individuos, sino hacia una estructura por desgracia profundamente vigente.

En este Siglo XXI se mantienen elementos opresivos del esclavismo del Siglo XVII, elementos denunciados hoy y en tiempos de las Panteras Negras: colonialismo del territorio, violencia de clase, exclusión educativa y laboral, renegación de la belleza, negación de la identidad, explotación económica, estigmatización en el sistema penitenciario y la violencia brutal por parte de la fuerza de los poderes hegemónicos. 

Muchos matices han cambiado desde los sesenta. Puede ser que las tendencias marxista-leninistas se hayan diluido o que la revolución cubana ya no sea una referencia inmediata de praxis, asimismo, el foco bélico estadounidense se mudó del Sureste asiático a Medio Oriente y ya hubo dos mandatos bajo un presidente afroamericano (cambio únicamente simbólico), sin embargo, el racismo continúa siendo un problema esencial y desatendido, no sólo en Estados Unidos. 

En 1950 Aimé Césarie escribió: “nadie coloniza inocentemente”. Sus palabras resuenan, graves: racismo y colonialismo van inherentemente de la mano porque el primero se usa como justificación para (re)producir los privilegios económicos, sociales, políticos y culturales del segundo, por lo que busca trastocar todas las dimensiones de la experiencia humana, desde las aspiraciones estéticas hasta la asimetría en la esperanza de vida. 

Hoy, en una lucha de aspiraciones globales que cambia el 16mm por la cámara de celular, las mujeres siguen luchando por reivindicar su historia.

En este Siglo XXI, neoliberal, hiper-tecnológico y globalizado, se mantienen elementos opresivos del esclavismo del Siglo XVII, elementos denunciados hoy y en tiempos de las Panteras: colonialismo del territorio, violencia de clase, exclusión educativa y laboral, renegación de la belleza, negación de la identidad, explotación económica, estigmatización en el sistema penitenciario y, vaya eco, la violencia brutal por parte de la fuerza de los poderes hegemónicos. 

Estados Unidos vive en un espejismo de supremacía blanca, ficción idealizada a mediados del siglo pasado y radicalizada por su gobierno en turno. Las cifras demuestran que el sistema se ha encargado de hacer esta ilusión realidad: las personas afroamericanas tienen cinco veces más probabilidad de ser encarceladas, las mujeres afroamericanas ganan 19% menos que las mujeres caucásicas, las comunidades afroamericanas tienen tres veces más probabilidad de contraer COVID-19, etc. 

Hoy, en una lucha de aspiraciones globales que cambia el 16mm por la cámara de celular, las mujeres siguen luchando por reivindicar su historia, las intervenciones militares continúan y la necropolítica colonial racista nos sigue arrebatando vidas inocentes. Entonces sí, el impacto es duro cuando Varda concluye “la historia de las Panteras Negras no ha terminado”. Medio siglo después no ha terminado, pero la lucha tampoco, así que tenemos la obligación humana y responsabilidad histórica inexorable e inexcusable de criticar y cambiar el presente.

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