Filmar la transformación humana en la violencia, Bruno Santamaría

30.5.20

“Espero que el documental haga visible el temor y la represión que uno vive antes de decidir ser abiertamente quien uno quiere ser. Y que podamos conmovernos frente a lo difícil que resulta para uno construirse en el margen de la sociedad”.

Bruno Santamaría

Por Antonio Álvarez.

Luego de su ópera prima documental, “Margarita” (2016), en la que se aproxima a un universo de misterios que lo marcaron en su infancia, Bruno Santamaría presenta en el Festival Hot Docs, “Cosas que no hacemos”, donde captura los momentos decisivos de la vida de una persona cuando acepta su identidad sexual, en una isla del Pacífico de México cargada de violencias.

Hacer este documental resultó una experiencia liberadora en la que él mismo ha podido crecer y liberarse como persona gay. “Siempre tuve la intención de filmar algún gesto de crecimiento, el paso que diera un niño para empezar a transformarse en adulto. Poder estar cerca de alguien que madura, crece o se atreve a hacer algo que antes no se había atrevido a hacer. Por eso el título Cosas que no hacemos. Y por eso filmar en esa isla”.

Bruno actualmente vive en un poblado del Estado de Morelos en la montaña, uno de los estados de México más afectados por la violencia. Desde el encierro por la COVID-19, cuenta cómo descubrió esta isla de El Roblito, frontera de Nayarit con Sinaloa, también azotada por la violencia. “En un principio yo llegué al Roblito con miedo. No conocía al pueblo y me habían dicho cosas muy fuertes sobre varios pueblos de la zona. Al llegar vi sólo niños corriendo y jugando de un lado a otro, sin ningún temor a nada. Eso en un principio me tranquilizó y de alguna forma, me rompió un primer estigma”.

Fue importante proyectar mi documental Margarita porque al yo aparecer, hizo más clara la diferencia entre ficción y documental: en el documental salen las personas que existen en la realidad. Eso entusiasmó no sólo a las niñas y niños sino también a sus madres”.

Bruno Santamaría

Bruno comparte que para ganarse la confianza del pueblo, tuvo que hacer actividades formativas para acercar a la gente con el cine. “El principio de cada rodaje, está lleno de miedo. El miedo que nos tienen porque tal vez no nos conocen o porque no saben qué queremos filmar, y el miedo que tenemos nosotras de no ser bien recibidas por las personas. Para nosotras como equipo de filmación siempre fue importante no sólo filmar sino estar con las personas. En ese sentido, nunca hubo un “corte” o un “acción” o una claqueta. Nosotras tratamos de estar, siempre listos con una cámara pequeña, escuchando, platicando, jugando. Por ejemplo durante un día de 24 horas, filmábamos una hora”.

El documentalista habla en nombre de un equipo conformado mayormente por mujeres: la Productora Abril López Carrillo, Charlotte Cook (Productora Ejecutiva) Andrea Rabasa (editora) y Zita Erffa (sonidista). “Hicimos varias actividades durante los tres años que estuvimos ahí, primero dimos clases de video con Andrea Rabasa, luego con Zita Erffa empezamos a proyectar películas, desde Chaplin hasta mi primer película. Esta actividad nos volvió parte de la comunidad. Fue importante proyectar mi documental “Margarita” porque al yo aparecer, hizo más clara la diferencia entre ficción y documental: en el documental salen las personas que existen en la realidad. Eso entusiasmó no sólo a las niñas y niños sino también a sus madres”.

“La violencia que se puede vivir en el Roblito, se puede vivir en cualquier comunidad donde haya de machismo”.

Cosas que no hacemos puede ser una revelación de un país con una infancia corta, interrumpida por las violencias como el machismo y la homofobia. Pero también puede resultar en un emotivo relato de imágenes libres e idílicas que hacen tributo a esta transición a la adultez, aunque en estas condiciones de inseguridad. “Sobre todo por empezar buscando la transformación de los niños en adultos, a partir de las violencias más evidentes: la muerte, la explotación laboral, la falta de agua, terminar por sentirla y luego encontrarla en el acto más interior de uno de los habitantes de la isla. La violencia que se puede vivir en el Roblito, se puede vivir en cualquier comunidad donde haya de machismo”.

Los adultos de El Roblito tienen que construir campamentos para ir a pescar y así no gastar en gasolina, razón por la cual parecen no estar presentes en la vida diaria del pueblo, según explica Bruno. “Trabajan todo el día todos los días, a cambio de muy poquito. Es una comunidad trabajadora, explotada y marginada. Eso tratamos de retratarlo en el contexto de la película. Es parte de lo que lo niños quizá no sienten mientras son niños, pero que al crecer, también empezarán a sentir y vivir”. 

“Una persona que se viste de mujer no sólo debe enfrentar sus propios miedos, sino los miedos retransmitidos por los medios de comunicación, la sociedad y las familias”.

En su anterior documental, Bruno derrumba las líneas divisoras entre el cineasta y el humano. En este nuevo documental también nos adentramos con él en primera persona a estos desafíos narrativos, donde además de poder observar lugares recónditos como El Roblito, nos internamos en lo más íntimo y conmovedor del ser humano desde la pureza de la infancia. En Arturo, “Ñoño”, encuentra a alguien a quien puede acompañar en su proceso de aceptación de su identidad sexual no exento de las violencias normalizadas.

“Las violencias trauman y marcan para siempre. Es terriblemente injusto que en ese lugar paradisíaco, se vivan las violencias. “Ñoño” es un ser sumamente valiente, es el primer hombre que se viste de mujer en la isla, en la historia del pueblo. A pesar de las burlas y de ver noticias brutales que hay en el país. Espero que el documental haga visible el temor y la represión que uno vive antes de decidir ser abiertamente quien uno quiere ser. Y que podamos conmovernos frente a lo difícil que resulta para uno construirse en el margen de la sociedad. Una persona que se viste de mujer no sólo debe enfrentar sus propios miedos, sino los miedos retransmitidos por los medios de comunicación, la sociedad y las familias. Es realmente absurdo y doloroso”. 

Ñoño tomó las riendas de su vida, decidió crecer y lleno de coraje, defender su identidad y su posición frente al mundo. Ya no sólo en su casa frente a sus padres, ahora frente al pueblo bailando.

Bruno Santamaría en este cine en primera persona, va a explorar la vida de un pueblo recóndito que resurge en un contexto desalentador de violencia generalizada, desde la emoción de un niño que se atreve a hacer lo prohibido y en donde encuentra valor para ser diferente y defenderse. Bruno filma estos actos de libertad y nos hace anhelar esa libertad.

“Ñoño es el representante más bello y valiente que pude conocer. Y espero que pueda acompañar la película como habíamos pensado con Ambulante, que pueda estar presente como un agente de valor y fuerza frene al absurdo social que muchísima gente muestra. Tomó las riendas de su vida, decidió crecer y lleno de coraje, defender su identidad y su posición frente al mundo. Ya no sólo en su casa frente a sus padres, ahora frente al pueblo bailando. Y decidí, de alguna manera, bailar con la cámara a su ritmo”.

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